Catalina Bauer_Respirar una eternidad_18/01/20_20/03/20_Dossier

Encontrar un estado de conciencia en medio de tiempos convulsos, de crisis humanas y naturales, significa conectarse con preguntas y acciones que empujan el estado de vulnerabilidad de los cuerpos, las especies y las condiciones del entorno hacia cuestiones indispensables como la comunicación, el cuidado y la unión. Durante un año tan inestable como el 2019, la abundancia de información y evidencias sobre la destrucción planetaria se sumó a un despertar social y revolucionario en Chile ante la violencia sistemática de privatización y explotación del medio ambiente como la vida humana. En ambos escenarios, las sensaciones y emociones de dolor individual y colectivo han sido el fondo de colisiones y cuestionamientos sobre cómo continuar, fortalecerse y reparar.

En el trabajo de Catalina Bauer se infiltran los sucesos de la vida social y cotidiana como las experiencias personales e inmateriales de ideas, sueños y observaciones del hogar y la vida familiar. En particular, las fragilidades que padece la naturaleza, como los daños irreparables de termoeléctricas, las explotaciones de minerales, el robo y los colapsos al acceso del agua y los suelos, las sequías, el calentamiento global, y mucho más, constituyen una atmósfera extenuante de movimiento económico sin freno que permea y “trona” a micro escala en la alimentación, en la protección, en el consumo, en la contaminación, en la comunicación que se produce en una casa y su entorno. Desde un desvío íntimo y a la vez reparando en las lesiones de la naturaleza, la artista ha interpelado de manera intuitiva a estas condiciones adversas: ¿cómo devolver una luz de amor? ¿cómo no seguir explotando materiales para el trabajo artístico? ¿cómo el arte puede convivir con la naturaleza, apreciarla, nutrirse de ella y prolongarla creativamente?

La exposición “Respirar una eternidad” circunscribe estas preguntas a modo de señales sutiles. Su núcleo se compone de pausas, lapsos y mapas que buscan en su repetición y diferencia, un contacto lento con el cuerpo y la naturaleza. La serie de “Paños” constituye el centro de la exposición, cuyo encuentro liviano y traslúcido de gasas cosidas, convoca meditaciones que cultivan la paciencia y una convivencia genuina con la Tierra; la nueva serie de Lapsos, son objetos textiles, pseudoinstrumentos de dibujo, que intervienen el espacio de la galería a modo de juego, trazando círculos concéntricos multicolor, adquiriendo una unidad que más allá de una geometría perfecta, invocan una vivacidad del dibujo y el color a partir de una matriz de lápices. Por último, la video-animación “Influencia”, que ha sido elaborada a partir de pinturas, óleos sobre papel, hechas en agua con la técnica del marmoleado, invocan un flujo de espontaneidad donde aparece y desaparece la silueta de una mujer, quien elabora un lenguaje de gestos invisibles sobre el tejido.

En esencia, el tejido, ya sea con cuerdas, elásticos, hilos, lanas o telas, constituye una de las exploraciones del cuerpo de trabajo de Catalina Bauer. En estas indagaciones con los materiales y frente a la latente emergencia que vive la naturaleza, los usos de paños de gasas surgieron como chispas de alivio y paz en tiempos de desenfreno, violencia y revolución, logrando un cúmulo de desahogos con ternura.

Es inevitable aludir a este momento de inestabilidad en Chile como en el mundo y no dejar de pensar en este pequeño contrapunto: las telas cálidas, afectivas y reparadoras de cada Paño. Es como si las gasas que conservamos en el botiquín de la casa para aliviar una herida y procurar calor frente a los accidentes, cobrarán otra vida: un recado natural y humano frente a la atomización, erradicación del ecosistema; un llamado canalizado por el tacto y la protección de las manos para convertirse en mensajes y notas donde el cuerpo y la naturaleza se funden. Esta fusión se presenta con tan extrema delicadeza que es necesario detenernos.

Las gasas provienen de la planta del algodón, una fibra vegetal que brota de una semilla. Como brote, su textura es suave y fina. Convertida mediante los hilos en malla, adquiere la textura de paños blancos, lisos y moldeables. Las gasas son materiales naturales que actúan sobre los cuerpos: recogen, absorben, limpian, cubren y protegen el cuerpo. Aportan a la transformación y recuperación corporal. Esas múltiples funciones alcanzan otros dominios en las creaciones de Catalina. Una recomposición del tejido ecológico desde los hilos y el cuerpo.

Experimentando en la cocina con telas de gasas y sus teñidos de vegetales, Catalina utiliza los restos orgánicos que quedan de la preparación de las comidas como base para los tintes. La cocina se transforma provisionalmente en un laboratorio artesanal donde extrae las sustancias de plantas y vegetales de su propio entorno como el apio, el repollo morado, el limón, el poroto negro, la hierba mate y la granada; semillas como el cuesco de palta (aguacate) y cortezas como la cáscara de nuez. Todas ellas adquieren otras consistencias afectivas con los saberes en torno al teñido que Catalina ha ido recogiendo en este proceso y en el encuentro con otras mujeres artistas (Loreto Millalén y Andrea Lira).

En el contacto de teñido, las gasas absorben de manera desigual los pigmentos generando efectos fascinantes de colores, absorciones y manchas. Transforman los paños blancos a una nueva temperatura cálida, como si los colores abrigaran a las gasas, y las gasas abrazaran los tintes. Vistas desde una perspectiva distante, los Paños adquieren un efecto acuoso, similar al tratamiento versátil que se produce en las acuarelas con espesores diluidos, transparencias y degradaciones. Una sensación líquida y vaporosa, donde el espectro de un color se funde con otro. Asimismo, éstos generan toda una atmósfera velada que conmueve por lo frágil y delicado. Hay tanto aire en cada una de estas gasas, que cada respiro afligido se puede devolver con alivio.

Aún más, si nos acercamos a las sutilezas de las composiciones, aquella liviandad se hace más consciente. Mediante simples puntadas con hilos, Catalina une los paños de gasas, dejándose llevar por los propios bordes irregulares. Es la nobleza del material el que va orientando el camino de unión entre telas y las proyecciones de las figuras. De ellas se desprenden aspectos simples y evocadores: paisajes y horizontes se superponen a formas geométricas y humanas, pétalos, remolinos, volantines, vulvas, ojos, nubes, volcanes, semillas, árboles, cursos de agua, océanos, canales subterráneos, entre otros. Quizás, si existe una constante, estas son las formas triangulares, aquellas que apuntan hacia el cielo y la tierra, donde se cultivan y conducen las energías primordiales de la naturaleza, el fuego, la sabiduría, los frutos, las semillas.

Los “Paños” podrían ser un universo donde habitan oráculos, gemas, pillanes, talismanes, ondas, utopías; un lenguaje mágico donde aparecen nuevos imaginarios y poemas; un ciclo donde cada forma anima una fuente de crecimiento en un tiempo natural, cuyos estados hacen aparecer flujos de elementos sólidos, líquidos y gaseosos, cuyos nutrientes provienen de un entorno doméstico, de residuos y rutinas. Son en tiempos de desastres la encarnación de una energía comunicativa, entre el adentro y el afuera, sin principio ni fin. Respiros que sostienen los cuerpos prolongándose como la naturaleza en una eternidad.

Soledad García Saavedra

Curadora e Historiadora del Arte