Ruth Morán_Barro, papel y tijera_Inauguración viernes 22/11/19_20h

La de Ruth Morán es una pintura que tiene el registro breve de un poema. Es como la imagen de un rumor; emocional y afectiva, caótica a la vez que medida, reflexiva. Algo así como si tratase de entrar en la materia al convocar la memoria de las formas. Hablamos de una pintura que abraza la deriva, una suerte de enigma donde todo adquiere un matiz especular. Por supuesto, se trata de un trabajo donde es tan importante la búsqueda como el encuentro. La pintura es la forma, el camino, pero sobre todo el pretexto. Ruth Morán revela y oculta. Las escalas se pierden y la presencia gráfica emerge a modo de latencia, de huella que abraza el sentido de pérdida al que se refiere Georges Didi-Huberman cuando señala que “la modalidad de lo visible deviene ineluctable -es decir, condenada a una cuestión de ser- cuando ver es sentir que algo se nos escapa ineluctablemente: dicho de otra manera, cuando ver es perder” (Lo que vemos, lo que nos mira, Manantial, Buenos Aires, 1997). Porque el acto poético empieza, justamente, donde el decir es imposible y el lenguaje de Ruth Morán indaga en zonas espaciales enigmáticas al sondear la superficie del papel, que perfora, que explora y merodea. De ahí su interés por la cerámica, en la que aplica algo así como un grafismo de un lenguaje desconocido. La naturaleza orgánica del material, su tactilidad, su sentido de rastro, nos habla de memoria, pero también de pérdida, con trabajos que evocan una especie de caos primigenio, como si las formas nunca acabasen de completar su transformación.

En Ruth Morán ningún motivo funciona aislado. Todo fluye y se interconecta. La pintura se sondea, se ausculta. Es producto de una tensión matizada pero imposible de retener. Un espacio intersticial que acoge fricciones y discontinuidades. Las formas gráficas y cromáticas exploran el espacio. Todo emerge y se contiene al mismo tiempo. Es algo que les sucede a los pintores que en su manera de trabajar la abstracción no permiten que el espacio se torne en definitivo. Son pintores que se abandonan a un viaje interior y dejan trabajar el gesto. De ahí que cobre especial relevancia la relación con el soporte. Poco importa si procede desde la línea o condensa esa tensión en una serie de puntos o perforaciones; todo declina en una suerte de paisaje, abstracto, inconmensurable, una especie de abismo horizontal. Con la idea de cosmos merodeando en cada destello de color, el paisaje se nos ofrece expandido pero íntimo, donde el trazo de cada línea funciona como tejido, asumiendo las condiciones expresivas y la libertad del dibujo. Más que multiplicar las posibilidades del espacio este deriva en delicada turbulencia. Es así como suspende el tiempo hasta dislocarlo, demorando nuestra percepción mientras la mirada se asienta.

El de Ruth Morán es un orden de naturaleza sutil. Su dibujo es efervescente, de una belleza convulsa. Su turbulencia es barroca, que para Deleuze no es un arte de las estructuras sino de las texturas, una proliferación de pliegues, un mundo de capturas más que de clausuras. Sería algo así como intentar plegar, desplegar y replegar la imagen. Ruth Morán juega con los márgenes, con los desórdenes. Es por todo ello que el acercamiento de la artista a la cerámica se da de un modo natural. Una búsqueda de lo físico, de lo orgánico, del error. Una asunción de lo procesual y del enigma que nos permite abrir nuevas posibilidades de sentido, aunque sea desde el solapamiento y de una suerte de palimpsesto. Una tela que envuelve la tela. La plenitud se obtiene de la lejanía y, como señalaría Jacques Derrida, si todo comienza por la huella, lo que no hay en modo alguno es huella originaria, lo que dificulta la decisión de cada lectura. Pero paradójicamente es un contexto insaturable al estar siempre abierto a nuevas determinaciones, como la textualidad derridiana.

En el fondo, a lo largo de su trayectoria y hasta sus trabajos recientes, nos enfrentamos a un inventario de formas sucintas, de signos mínimos que se imantan en lo emocional. El dibujo errático tensiona la superficie y articula un campo de acción donde la realidad se condensa para mostrar su dominio del color, de la luz, de las vibraciones que se acumulan en la fisicidad específica de la pintura. Es ahí donde se advierte cómo la artista maneja los ritmos. Una pintura cadencial que aprehende la fluencia de la vida al explorar la superficie, ya sea la del papel o de la cerámica. Existe un gusto por la medida, por la armonía, por las tensiones lumínicas y por conseguir extraer la luz haya donde pueda encontrarla. Y por supuesto, por el color, que convierte en materia de pintura. Color y espacio aparecen indiferenciados en el trabajo de Ruth Morán.

Ese diálogo de la artista con el soporte de sus obras acaba por definir ese paisaje latente en toda su obra. Cualquier pretexto, imperfección o mancha sirve para recuperar y encarar nuevos caminos. Algo así sucede con el gesto de perforar o agujerear la materia, un deseo de traspasar los límites y aprehender la luz que nos conduce a las formas informales de Lucio Fontana; también si pensamos en sus expresivas cerámicas policromadas. No es de extrañar, si pensamos además que en los últimos años la cerámica ha conquistado el terreno del arte contemporáneo. Su condición procesual y la libertad creativa que permite han resultado definitivas. Cierto es que la historia la había relegado a un segundo plano, a pesar de contar con espléndidos ejemplos de diseños contemporáneos ya desde la época de la Bauhaus, como es el caso de Marguerite Friedlaender o Margarete Heymann-Loebenstein- Marks. Actualmente muchos artistas contemporáneos como Fischli & Weiss, Mark Manders, Grayson Perry, Betty Woodman, Rachel Kneebone o, los casos más cercanos de Elena Blasco, Elena Aitzkoa, June Crespo o Teresa Solar, son ejemplos significativos. Su carácter orgánico, su naturaleza enigmática e incontrolable y el rico diálogo entre precisión y error de la cerámica nos dice que solo conociendo los relatos de la artesanía podremos comprender algunas formas del arte actual.

Podríamos pensar también en Giacometti, que aseveró que era imposible dejar algo acabado porque era imposible reproducir lo que uno ve. Como señala Didi-Huberman en su libro Le Cube et le visage, en la obra de Giacometti opera más un ejercicio de desfiguración que de figuración misma. Su serie de Cabezas del padre, de finales de los años veinte, proyectan una figura devastada por el tiempo. Se produce una suerte de desdibujamiento del paisaje en tanto que todo obedece a un deliberado inacabamiento. Como espectadores hemos de reconstruir esa ausencia, que no es producto de una deriva abstracta sino de esa desfiguración antes citada. Los datos están enterrados, al tiempo que sobreviven latentes. Didi-Huberman lo llama “espesor antropológico”. Mientras, Juhani Pallasmaa señala que la pátina del desgaste añade la enriquecedora experiencia del tiempo a los materiales. Entiendo que este rodeo a propósito de la obra de Ruth Morán no es gratuito si atendemos a cómo ha trabajado sus perforaciones, esos campos espaciales plenos de incisiones y fisuras. Ruth Morán no trabaja con el espacio, sino que juega a definirlo con la acción pictórica y el gesto del dibujo. Porque en su trabajo el discurso crece denso y se proyecta fluido en un estado de suspensión. Como en las teorías de Michel Serres, para quien la historia de la ciencia está sometida a la turbulencia, es decir, está sujeta a conexiones aleatorias de todo tipo entre diversas áreas. Serres señala como la ciencia avanza a partir de lo impredecible y lo inesperado. El espectador ante los trabajos de Ruth Morán asiste también a esa suerte de deriva. Tal vez porque no existe un centro en sus obras. Todos los ángulos y direcciones son válidos a la hora de asaltar la exégesis de sus trabajos. Porque Ruth Morán contradice lo dirigido y multiplica las posibilidades de las formas. De ahí que, en cierto modo, entiendo sus dibujos como emplazamientos sin lugar, una suerte de orden sobre el desorden, un torbellino de quietud aparente. Como la luz.

Ruth Morán se mueve entre lo emocional y lo razonado, entre lo extraño y lo poético, hasta encriptar el tiempo. Porque en muchos de sus trabajos se conforman atmósferas, espacios y formas en las que el tiempo semeja detenerse o, cuando menos, fluir en condiciones diferentes a las habituales. La percepción se desliga. La experiencia persiste. El espectador ha de sumergirse en esas formas, perderse en los matices. Como la artista, que entabla con anterioridad una relación con la materia que modela y ausculta, que dibuja y perfora, que roza y acaricia. Es así como la materia se precipita para convertirse en obra, serendípicamente. Porque Ruth Morán siempre ha reivindicado el placer instintivo de la pintura y ha abrazado la poética que emana de lo sensorial, de la acción, de lo experiencial. La pintura como murmullo del espacio, como orden inestable.

David Barro